0: Su destino estaba escrito: descendiente de cosacos intelectuales, Alexander Solyenitzin (Kislovodsk, 1918-2008), graduado en matemáticas, combatiente durante la Segunda Guerra Mundial, preso del stalinismo, ganador del Nóbel, fue dueño de una ética crítica que, amparada en las tradiciones más indispensables de la literatura rusa, mostró los horrores del gulag soviético. Después de dos décadas de exilio, representó el valor y la integridad de un solo hombre derrotando un totalitarismo y salvajismos tan de nueva cuenta en boga. Archipiélago Gulag (1974) es síntesis de reflexiones, anécdotas, recuerdos y documentos que constituyen una memoria del horror, al mismo tiempo, que obra literaria que revela el oscuro cosmos de las prisiones: renunció a decir “yo” por la boca de sus personajes: fue él mismo su propia voz. Fue decir “yo” sin máscara alguna: en este desenmascaramiento del escritor radica el valor de su obra.
1: Archipiélago Gulag fue, en principio, escrito como memoria y testamento. Sin embargo, el destino nuevamente cambió la vida de Solyenitzin: en 1973, después de cinco días de salvajes interrogatorios, Elizabeth Voronskaia, mecanógrafa del escritor, entrega a la KGB una copia del libro. “Archipiélago”: evoca un conjunto de islas en medio de un inmenso mar, pero también aquello que es imposible de numerar; “Gulag”, más bien, G.U.Lag (ya aparece en Doctor Shivago de Boris Pasternak) son las siglas de la Dirección Superior de los campos del régimen soviético. El sistema de transporte de los presos es también una poética del destino: un traslado perpetuo de isla en isla del archipiélago es un movimiento eterno que apuesta por el olvido. La condena soviética es para que el hombre olvide tiempos, síntesis, horrores, sueños y, para decirlo de algún modo, se olvide de sí mismo.
2: El destino de la nación rusa es ya una épica contemporánea: su heroica resistencia al olvido, el constante retorno sobre sí mismos, la impasibilidad ante el cambio y su pasión por las revueltas constituyen ya un estado del alma eslava. Solyenitzin es una voz e inteligencia divergente que encuentra su vocación en el acto de oponerse a un orden establecido: la inmensa exasperación de un ser oponiéndose a la locura del poder. Más allá de las censuras oficiales, las prohibiciones para publicar, las calumnias extendidas, el hostigamiento a sus amigos, las sanciones corporativas, las provocaciones y las manipulaciones, Solyenitzin es el espejo de una época. Es la evidencia de un hombre que, en plena conciencia del peligro y el riesgo, se asume voz e inteligencia de una cultura para calmar su espíritu: Salvar su alma es salvar el alma de una nación.
3: El destino de Solyenitzin es la divergencia: tener un pensamiento universal pero mantener sus pies en las estepas rusas. En estos tiempos, la lección de Solyenitzin es clara: tener conciencia, sea cristiana ortodoxa o no, es soñar con una poética del destino donde el olvido no instala su reino ni las locuras monstruosas derrotan la liberación del espíritu y las mentalidades. El ruso percibió el peligro y decidió por la catársis no por la venganza, eligió la memoria para exorcisar los demonios del inconsciente soviético. Salir a la luz del humanismo es ya una poética que busca metaforizar la incertidumbre ante la historia que, mutilada por la censura, muestra todavía la voluntad humana de recordar el futuro. Su destino estaba escrito: la palabra frente al poder.
miércoles, 27 de agosto de 2008
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