miércoles, 27 de agosto de 2008

Poética del destino

0: Su destino estaba escrito: descendiente de cosacos intelectuales, Alexander Solyenitzin (Kislovodsk, 1918-2008), graduado en matemáticas, combatiente durante la Segunda Guerra Mundial, preso del stalinismo, ganador del Nóbel, fue dueño de una ética crítica que, amparada en las tradiciones más indispensables de la literatura rusa, mostró los horrores del gulag soviético. Después de dos décadas de exilio, representó el valor y la integridad de un solo hombre derrotando un totalitarismo y salvajismos tan de nueva cuenta en boga. Archipiélago Gulag (1974) es síntesis de reflexiones, anécdotas, recuerdos y documentos que constituyen una memoria del horror, al mismo tiempo, que obra literaria que revela el oscuro cosmos de las prisiones: renunció a decir “yo” por la boca de sus personajes: fue él mismo su propia voz. Fue decir “yo” sin máscara alguna: en este desenmascaramiento del escritor radica el valor de su obra.

1: Archipiélago Gulag fue, en principio, escrito como memoria y testamento. Sin embargo, el destino nuevamente cambió la vida de Solyenitzin: en 1973, después de cinco días de salvajes interrogatorios, Elizabeth Voronskaia, mecanógrafa del escritor, entrega a la KGB una copia del libro. “Archipiélago”: evoca un conjunto de islas en medio de un inmenso mar, pero también aquello que es imposible de numerar; “Gulag”, más bien, G.U.Lag (ya aparece en Doctor Shivago de Boris Pasternak) son las siglas de la Dirección Superior de los campos del régimen soviético. El sistema de transporte de los presos es también una poética del destino: un traslado perpetuo de isla en isla del archipiélago es un movimiento eterno que apuesta por el olvido. La condena soviética es para que el hombre olvide tiempos, síntesis, horrores, sueños y, para decirlo de algún modo, se olvide de sí mismo.

2: El destino de la nación rusa es ya una épica contemporánea: su heroica resistencia al olvido, el constante retorno sobre sí mismos, la impasibilidad ante el cambio y su pasión por las revueltas constituyen ya un estado del alma eslava. Solyenitzin es una voz e inteligencia divergente que encuentra su vocación en el acto de oponerse a un orden establecido: la inmensa exasperación de un ser oponiéndose a la locura del poder. Más allá de las censuras oficiales, las prohibiciones para publicar, las calumnias extendidas, el hostigamiento a sus amigos, las sanciones corporativas, las provocaciones y las manipulaciones, Solyenitzin es el espejo de una época. Es la evidencia de un hombre que, en plena conciencia del peligro y el riesgo, se asume voz e inteligencia de una cultura para calmar su espíritu: Salvar su alma es salvar el alma de una nación.

3: El destino de Solyenitzin es la divergencia: tener un pensamiento universal pero mantener sus pies en las estepas rusas. En estos tiempos, la lección de Solyenitzin es clara: tener conciencia, sea cristiana ortodoxa o no, es soñar con una poética del destino donde el olvido no instala su reino ni las locuras monstruosas derrotan la liberación del espíritu y las mentalidades. El ruso percibió el peligro y decidió por la catársis no por la venganza, eligió la memoria para exorcisar los demonios del inconsciente soviético. Salir a la luz del humanismo es ya una poética que busca metaforizar la incertidumbre ante la historia que, mutilada por la censura, muestra todavía la voluntad humana de recordar el futuro. Su destino estaba escrito: la palabra frente al poder.

domingo, 10 de agosto de 2008

HARMONIAS

1: Cuando de pensar en la música se trata, siempre contesto que soy un nostálgico de la antigua harmonía (así, con H) y, por si fuera poco, órfico. Los pitagóricos tenían como centro la música para pensar el mundo. No podemos olvidar que la música ocupaba entonces una posición central tanto en la metafísica como en las cosmogonías inventadas por Pitágoras de Samos (582-507 a.C.) cuyo nombre griego era Πυθαγόρας y que, dicho sea de paso, es quien llamó filosofía a la filosofía. Aprender a ver (máthesis: contemplación) y saber escuchar (ákousma: comprensión) son acciones humanas fundamentales en el filosofar. Pero mejor vamos por partes: la harmonía pitagórica quiere decir proporción de las partes en un todo que Pitágoras llamaba Kosmos (el conjunto de todas las cosas) cuyo orden podía ser pensado a partir de las matemáticas y la música, es decir, lo que se aprende por la vista y lo que se escucha por los oídos son caminos para purificar el alma: ver y escuchar la música de las esferas (cosmos). La “música de las esferas” establecía una relación entre los intervalos acústicos de la música y las distancias que nos separan o alejan de los planetas.
Quizá por eso la actual armonía se entiende como afinación de un instrumento que significa la escala musical que, como bien sabemos todos, hace de este mundo una sinfonía o, para decirlo pitagóricamente, hacer del cosmos una sinfonía que profunda influya en las almas para curarnos el espanto y el padecer. La postura pitagórica sobre la trasmigración de las almas (pasar de una forma a otra, de un cuerpo a otro) no es otra cosa más que la posibilidad de que todos los seres vivos estemos emparentados mediante reencarnaciones infinitas. Para que la metamorfosis del alma ocurra se debe ser un alma virtuosa pero, sobre todo, saber escuchar la música del universo ya que Dios se manifestaba como esfera. No en vano se decía que hacía milagros, escuchaba voces y podía encantar animales: Escuchaba la música del todo. Como siempre: la música es manifestación de lo que sucede en el mundo externo y en el cosmos interno. Mejor dicho: el poder curativo de la música en el momento deseado de la catarsis (purificación).

2: Es inevitable: cuando pienso en la música no puedo evitar la imagen y, por tanto, la memoria. Por allá en los noventas, una película francesa llamaba mi atención por su título maravilloso: “Todas las mañanas del mundo”. También puedo confesar que de su director, Alain Corneau, no sé gran cosa y mucho menos de su empeño historicista en el cine. Después supe que estaba basada en una novela de Pascal Quignard. Lo que sí recuerdo con mucha armonía y otro tanto de asombro es el tema de esa cinta: ocurría en el siglo XVII y cuenta la historia de Monsieur de Sainte-Colombe y Marin Marais quienes encarnan el significado que la música tiene para la vida y para la muerte. Marais no sólo es el nombre de un vecindario parisino sino que también refiere a Marin Marais (1656-1728) que tocaba la viola de gamba en la corte de Luis XIV. Escribió mucho: 600 composiciones para viola y cuatro óperas. Como es de suponerse toda la película está ilustrada con la música barroca de ambos compositores y es ejecutada por el ya legendario violagambista catalán Jordi Savall.
La figura de Sainte-Colombe (los que saben dicen que se llamaba Jean) es igualmente significante. No sólo es el mentor de Marais (interpretado por Gérard Depardieu y su hijo Guillaume) sino que practica la música con misticismo profundo hasta una excelsitud tal que, mediante su viola, logra comunicarse con los muertos y con la naturaleza. Es un caso donde el personaje literario y el personaje histórico coinciden ya que, en la vida real, es enigmático y, al mismo tiempo, mágico: un jansenista obsesionado con el recuerdo de su mujer. Sainte-Colombe le da una sabia y misteriosa última lección a Marais: le revela que la música es “la voz de los que no tienen voz” ya que a través de ella hablan los muertos y los no nacidos. Aunque los hechos históricos tengan otra lógica, prefiero quedarme con una gramática esencial: El irracionalismo a través de la música es lo que más recuerdo. Claro que también recuerdo a Madeleine, su hija, ejecutando la viola con un hijo de Marais en el vientre que nacerá muerto y esa pena la llevará al suicidio. Como puede pensarse: con la música siempre se ríe o se llora. Mejor dicho: la música es un modo de estar y de ser en el mundo.

3: Si de música se trata, no se puede dejar de invocar a Alejo Carpentier. El habanero escritor y musicólogo es evidencia de que la Harmonía aún existe. Su cubanidad está manifiesta en su pasión por la música, ya fuera el son, la culta, el jazz o el rock y que llega a sintetizar en las raíces europeas, indígenas y africanas su pasión literaria y musical. Después de todo es bien cierta su afirmación de que escuchar a Beethoven y a Pink Floyd es lo mismo pero de diferente forma: es música. Carpentier muestra otro camino para la sabiduría musical: el eclecticismo y la pasión. Pero esa…esa es otra historia.