domingo, 10 de agosto de 2008

HARMONIAS

1: Cuando de pensar en la música se trata, siempre contesto que soy un nostálgico de la antigua harmonía (así, con H) y, por si fuera poco, órfico. Los pitagóricos tenían como centro la música para pensar el mundo. No podemos olvidar que la música ocupaba entonces una posición central tanto en la metafísica como en las cosmogonías inventadas por Pitágoras de Samos (582-507 a.C.) cuyo nombre griego era Πυθαγόρας y que, dicho sea de paso, es quien llamó filosofía a la filosofía. Aprender a ver (máthesis: contemplación) y saber escuchar (ákousma: comprensión) son acciones humanas fundamentales en el filosofar. Pero mejor vamos por partes: la harmonía pitagórica quiere decir proporción de las partes en un todo que Pitágoras llamaba Kosmos (el conjunto de todas las cosas) cuyo orden podía ser pensado a partir de las matemáticas y la música, es decir, lo que se aprende por la vista y lo que se escucha por los oídos son caminos para purificar el alma: ver y escuchar la música de las esferas (cosmos). La “música de las esferas” establecía una relación entre los intervalos acústicos de la música y las distancias que nos separan o alejan de los planetas.
Quizá por eso la actual armonía se entiende como afinación de un instrumento que significa la escala musical que, como bien sabemos todos, hace de este mundo una sinfonía o, para decirlo pitagóricamente, hacer del cosmos una sinfonía que profunda influya en las almas para curarnos el espanto y el padecer. La postura pitagórica sobre la trasmigración de las almas (pasar de una forma a otra, de un cuerpo a otro) no es otra cosa más que la posibilidad de que todos los seres vivos estemos emparentados mediante reencarnaciones infinitas. Para que la metamorfosis del alma ocurra se debe ser un alma virtuosa pero, sobre todo, saber escuchar la música del universo ya que Dios se manifestaba como esfera. No en vano se decía que hacía milagros, escuchaba voces y podía encantar animales: Escuchaba la música del todo. Como siempre: la música es manifestación de lo que sucede en el mundo externo y en el cosmos interno. Mejor dicho: el poder curativo de la música en el momento deseado de la catarsis (purificación).

2: Es inevitable: cuando pienso en la música no puedo evitar la imagen y, por tanto, la memoria. Por allá en los noventas, una película francesa llamaba mi atención por su título maravilloso: “Todas las mañanas del mundo”. También puedo confesar que de su director, Alain Corneau, no sé gran cosa y mucho menos de su empeño historicista en el cine. Después supe que estaba basada en una novela de Pascal Quignard. Lo que sí recuerdo con mucha armonía y otro tanto de asombro es el tema de esa cinta: ocurría en el siglo XVII y cuenta la historia de Monsieur de Sainte-Colombe y Marin Marais quienes encarnan el significado que la música tiene para la vida y para la muerte. Marais no sólo es el nombre de un vecindario parisino sino que también refiere a Marin Marais (1656-1728) que tocaba la viola de gamba en la corte de Luis XIV. Escribió mucho: 600 composiciones para viola y cuatro óperas. Como es de suponerse toda la película está ilustrada con la música barroca de ambos compositores y es ejecutada por el ya legendario violagambista catalán Jordi Savall.
La figura de Sainte-Colombe (los que saben dicen que se llamaba Jean) es igualmente significante. No sólo es el mentor de Marais (interpretado por Gérard Depardieu y su hijo Guillaume) sino que practica la música con misticismo profundo hasta una excelsitud tal que, mediante su viola, logra comunicarse con los muertos y con la naturaleza. Es un caso donde el personaje literario y el personaje histórico coinciden ya que, en la vida real, es enigmático y, al mismo tiempo, mágico: un jansenista obsesionado con el recuerdo de su mujer. Sainte-Colombe le da una sabia y misteriosa última lección a Marais: le revela que la música es “la voz de los que no tienen voz” ya que a través de ella hablan los muertos y los no nacidos. Aunque los hechos históricos tengan otra lógica, prefiero quedarme con una gramática esencial: El irracionalismo a través de la música es lo que más recuerdo. Claro que también recuerdo a Madeleine, su hija, ejecutando la viola con un hijo de Marais en el vientre que nacerá muerto y esa pena la llevará al suicidio. Como puede pensarse: con la música siempre se ríe o se llora. Mejor dicho: la música es un modo de estar y de ser en el mundo.

3: Si de música se trata, no se puede dejar de invocar a Alejo Carpentier. El habanero escritor y musicólogo es evidencia de que la Harmonía aún existe. Su cubanidad está manifiesta en su pasión por la música, ya fuera el son, la culta, el jazz o el rock y que llega a sintetizar en las raíces europeas, indígenas y africanas su pasión literaria y musical. Después de todo es bien cierta su afirmación de que escuchar a Beethoven y a Pink Floyd es lo mismo pero de diferente forma: es música. Carpentier muestra otro camino para la sabiduría musical: el eclecticismo y la pasión. Pero esa…esa es otra historia.

miércoles, 23 de julio de 2008

Recado

"En esta oscuridad guardo tu sombra"

José Luis Zárate

sábado, 12 de julio de 2008

BOLETIN ISC. 196, Julio 2008

El pasado 4 de julio, la licenciada Yeri Márquez Félix, notario público no. 17, abrió las plicas correspondientes en la Biblioteca Pública “Bartolomé Delgado de León” de Casa de la Cultura de Sonora, ante la presencia de Gloria Barragán, coordinadora de Literatura del ISC; Alba Brenda Méndez, como representante de la Asociación de Escritores Sonorenses y José Luis Barragán, en representación de la Asociación de Cronistas Sonorenses.
Los escritores Humberto Musacchio, Teresa Gil y Luis Alberto García, integrantes del jurado en ambos géneros, decidieron que la obra de María Silvia Rousseau Lugo, originaria de Ensenada, Baja California, con residencia en Ciudad Obregón, Sonora, “firmada bajo el seudónimo “Tess Usagi”, merece el primer lugar por la sencillez y belleza de esos textos que describen vivencias cotidianas con fino humor y buen dominio del lenguaje coloquial, lo que da por resultado textos de gran eficacia literaria”.
El jurado señala en el acta que el ensayo de Miguel Manríquez Durán, firmado con el seudónimo “Esteban”, “merece el primer lugar porque se ajusta plenamente a las características del género, muestra un dominio amplio del análisis literario, despliega el necesario aparato de erudición y ofrece un análisis novedoso y creativo de la obra mayor del poeta David Huerta”.
La ceremonia de premiación se realizará el próximo 18 de julio, a las 11:00 horas, en la Biblioteca Bartolomé Delgado de León de Casa de la Cultura de Sonora.

lunes, 26 de mayo de 2008

CINCO REMANENCIAS DE VERANO


1: Después de la lectura del libro de Jacob Bronowski (“Los orígenes del conocimiento y la imaginación”) queda la primera remanencia: ¿Qué nos deja la modernidad a fin de milenio?¿la compulsión por el cambio y la frustración de la obsolescencia?¿la modernidad es “una condena que se decide en los tumultos de la historia y la política”?¿la próxima centuria es el tiempo cero?¿es un siglo laxo, inmóvil y sereno?¿el milenio que viene, carente de toda complejidad, abrirá períodos históricos más bien átonos y desacelerados?¿el fin de la modernidad equivale a esas viejas canciones milenaristas que abrigan reposos, purificaciones y redenciones?¿con el milenio aprenderemos la adelantada fórmula de William Blake en el sentido de que la libertad es el resultado de la sabiduría humana y el mundo físico?¿comprenderemos?¿alcanzaremos la condición humana idónea: fortaleza, compasión e imaginación?¿es, acaso, que el problema fundamental de la conciencia humana radica en su capacidad de imaginar?.
2: Para los tomates estofados ponga un poco de aceite de oliva, media vara de apio finamente picada, una cebolla pequeña también en trozos igualmente pequeños, dos dientes de ajo machacados y picados. Mezcle los ingredientes. Cocine durante tres minutos en el nivel más alto del microndas. Saque el recipiente y agregue cuatro tomates partidos en cuarterones, una punta (de cuchara) de azúcar, una punta de orégano, una cucharada de puré de tomate, sal y pimienta. Cocine durante doce minutos en el nivel más alto del microndas. Sirva inmediatamente. Esta receta sencilla y tonificante es el antídoto contra la infelicidad de los héroes (como Dante, Colón, Galileo, Sócrates) que -engañados, quizá providenciales- se pensaron inmortales. Cuando se dieron cuenta que todo era mortal, entonces inventaron a los dioses. Los tomates estofados tienen la profunda virtud de llevar a la contemplación activa del mundo, entonces comprendemos que somos mitad terrestres y mitad celestes por lo que no resulta difícil recordar el futuro de la humanidad: los neoantropos (Alberoni, dixit) que, provistos de una desenfrenada fantasía, serán capaces de realizar las esperanzas que se pusieron en los dioses, los héores y los santos. Los tomates estofados hacen menos infelices a los héroes.
3: La física de los poetas postula que las nubes no son otra cosa que la sólida niebla que cubre el intermundo de los formal y lo informal. Este mundo es, para decirlo en palabras más claras, el oceáno de las aguas superiores, esto es, el oculto reino de Neptuno. Si el antiguo simbolismo cristiano propone que las nubes son asimiladas a los profetas ya que (Bachelard, dixit) la nube es mensaje de origen celeste, entonces la sólida niebla de la física que los poetas proponen no es otra cosa que una conexión cerrada entre la forma y lo informe, entre lo laberíntico y y lo mágico, entre lo celeste y lo terrestre, es decir, el símbolo complejo y las esencias humanas que animan y dirigen los dogmas de lo poético. También en la física de los poetas aparece el espacio como una región intermedia entre el cosmos y el caos, i. e., como de las formas y las construcciones de lo cósmico. Cada una de las tres dimensiones del espacio tiene dos sentidos posibles (dos polos) que facilitan al poeta su transitar por el mundo.
4: Coral Bracho confirma lo anterior: “Detrás de la cortina hay un mundo de calma,/ detrás del verde espeso/ el remanso,/ la profunda quietud./ Es un reino intocado, su silencio/ Desde el espectro líquido/ de otro mundo/ desde otra realidad de sonidos dispersos; desde otro tiempo/ enmarañable, me llaman”.
5: La liviandad del amor constituye por sí misma una entidad compleja regida por dos principios: la complementariedad y la sustituibilidad. Tal vez porque el amor no es sólo un modo de estar en el mundo, sino una profunda resonancia que convierte y subvierte sin más finalidad que estremecer y diluir la noción de lo absoluto en el mar de lo contingente: “es el fuego que fluye/ sin cesar hacia el este. Bajo su fiel/ solar/ te pienso”.

martes, 6 de mayo de 2008

LOS FURORES ETERNOS

El goce con el gozo siempre vence.
Teognis
Desde hace tiempo he sostenido la idea de que el carácter moderno que la obra poética de Bohórquez posee, tiene también sus veneros en la tradición. En un sentido histórico, la tradición podemos entenderla como conjunto de prácticas reguladas por normas aceptadas abierta o tácitamente, de naturaleza ritual o simbólica, y que tienen la función de inculcar un tipo de valores y formas de comportamiento por medio de la repetición. La idea de lo moderno se finca entonces en la reiteración. Pero, en otro sentido, más cercano a la poesía, la tradición literaria no es solamente de orden histórico, sino que es la manera en que los poetas leen a otros poetas. Otra proposición que sostengo a propósito de Bohórquez es que su obra literaria se explica en la pasión. Este también es un eje ordenador de su obra, toda vez que constituye un orden y un significado singular que le caracteriza y que nombro pascalianamente como el orden del corazón o, la manera de Emily Dickinson, como la breve tragedia de la carne.
La carnalidad siempre presente en Abigael Bohórquez proviene de una espiritualidad que se transfigura en carne porque sólo en el espacio humano de la carne se produce la unión de dos microcosmos corporales que tensan sus cuerdas hasta el acorde perfecto y singular. El poema nacido desde la sexualidad es ya la pasión desplegada que cristaliza en la palabra del hombre -el poeta- que, despojado de sus atributos divinos por amor, se hace hombre para habitar entre los hombres. La percepción de un hombre que, escindido de su naturaleza humana y divina, ama en la desventura constituye la idea más profunda legada por el cristianismo a la sensibilidad ética y estética occidental.
Pero, ¿cómo comenzó todo?. Todo comenzó cuando la poesía ya no supo qué hacer para que la quisieran y, como el amor, se transformó permanentemente por lo que también se dice de muchas maneras. La manifestación de poesía y amor es palingenesia y posesión y, por tanto, formas primarias de conocimiento. Esto ya se sabe desde el Fedro platónico cuando, entre las cuatro formas de posesión, se nombra la manía erotiké como posesión suprema que acontece a los hombres: el Eros como ser intermedio y mediador entre inmortales y mortales, es decir, un daimón en tanto genio o demonio que media entre el mundo celeste y el terrestre. Pero el eros también bajó a la tierra como un juguete misterioso, como un diábolo para deleite de los mortales bajo la forma de Iynx (“variegado pájaro delirante”), una ninfa. Más el origen del eros es de naturaleza divina y cósmica primordial como principio unificador y no sólo como estado de la sensibilidad moderna. En la mítica, la aparición de un mundo sensible a partir de lo ininteligible refiere a un primer orden cósmico primitivo en el que Eros también es creador del Universo.
Pero también todo comenzó cuando Bohórquez se reconoció como sonámbulo. Cuenta la jardinera Jassiba que la granada es la fruta de los sonámbulos porque ésta deja en los ojos el brillo del fuego que marca su mirada. Ellos, sin reconocerlo, tienen el sino de que desean con intensidad absoluta a otras personas de su misma condición: pertenecen a un linaje con apetito sensual desmesurado. Son seres que tienen conciencia de su diferencia y se reconocen entre sí aún sin haberse visto antes. Y también son afectados por una atracción poderosa que guía sus cuerpos hacia otros cuerpos y sólo reconocen la ley del deseo por lo que viven “bajo el dominio de lo invisible del amor”. Escuchan y ven en el otro algo que los otros no pueden ver. “Los Sonámbulos no distinguen entre la realidad y el deseo. Su realidad más amplia, más tangible, más corporal es el deseo”, me dijo Jassiba, “saben que el deseo es siempre una búsqueda […] Los Sonámbulos son enemigos de las certezas. Saben que todo cambia, como un caleidoscopio, porque el deseo nos moldea”.
Con lo hasta aquí dicho, podemos pensar entonces que Abigael Bohórquez es un sonámbulo moderno que, abrevando de la tradición, es poseído por la manía erótica que le confiere una condición de erastés a su persona y su palabra. Aquí está la raigambre de la hibridez de su poesía. Su verso es híbrido y allí radica su poder. Como bien se sabe, en sus orígenes, la hybris es un pecado imperdonable que consiste en el deseo de violentar, en un exceso de soberbia e insolencia, el orden establecido por los dioses: el deseo de traspasar la frontera que separa lo humano de lo divino. La subversión de Bohórquez se explica porque traspasa ese orden con su palabra erótica, heredada desde las más antiguas tradiciones poéticas del deseo. No sólo lee a los Contemporáneos y a la Generación del 27, también abreva de la picaresca, el barroco y el romanticismo. A través de ellos, Bohórquez escribe textos como “Navegación en Yoremito” que se hermana con una tradición literaria secreta, heredera de Petrarca y Bembo, como la de Pietro Aretino (Venecia, 1492- 1556), El Divino, que, festivo y desvergonzado, en sus “sonetos lujuriosos” (Sonetti lussuriosi, 1525) musitaba:
Tu pur a gambe in collo in cul me ľhai
Ficcato questo cazzo; urta, fracassa!
Del letto mi ritruovo in su la cassa.
Oh, che piacer è questo che me dai!

Pero con esta relación analógica no termina todo. El árbol genealógico del erotismo en Bohórquez llega más allá del petrarquismo cuando se establecen analogías con los veneros más clásicos de la lírica. Todos coincidimos con el erotismo en la obra de Abigael. El poeta Bohórquez es un poeta enloquecido por el deseo cuyos síntomas presentes en sus versos -lo sabemos bien- son ceguera hiriente, padecimiento y éxtasis cercano a la muerte, vocerío silencioso, sudor impúdico, obscenos estremecimientos, acaloramiento y frío libertino. El diagnóstico es claro: su padecimiento es una lysimeles (“que desmaya el cuerpo”) que es una enfermedad también sufrida, entre otros, por Meleagro (Gádara, c. S II a. C.) cuando entona su paraclausithyron (canto ante la puerta cerrada del amado). Y también en esta tradición de poesía erótica homosexual, hay escolios áticos anónimos que, recitados en los banquetes atenienses (s. VI y V), eran el prólogo para lo que en verdad sucedía en esos banquetes: eran los lugares privilegiados para el inicio y cultivo de las relaciones homosexuales masculinas.
No terminaré esta general, arbitraria y esquemática relación de la tradición lírica clásica con la poética erótica de Bohórquez, sin olvidar al bardo que tiene, como decía Eurípides, “el orgullo de ser derrotado por Eros”: Anacreonte (Teos, Asia Menor, 572- 485) que, nombrado oficialmente como maestro de placeres, incita con ironía elegante y ligera melancolía. A este poeta se le preguntó por qué componía poemas para jóvenes y no himnos a los dioses, y se dice que respondió: “Porque ellos son mis dioses”.
A partir de esta azarosa, imprevista y anárquica relación se puede inferir el legado que Abigael Bohórquez reelabora en su poesía erótica que es tradición y carnalidad, diálogo y reflexión, violencia y deicidio, estética y modernidad. Su voz poética es palingenésica caja de resonancia y, al mismo tiempo, venero y transformación de lo Uno y lo Múltiple como una forma no sólo de estar en el mundo, sino para ser mundo, es decir, ser Naturaleza. Su gramática es enthymesis que es la palabra que nombra la acción de meditar, concebir, imaginar, proyectar, desear ardientemente: dicho de otro modo, de tener (algo) presente en el thymos que es la fuerza vital, alma, corazón, intención, pensamiento, deseo. Fue así como comenzó todo. Ahora sólo quiero invocar otra vez a Meleagro para decir el epitafio perfecto para el sonámbulo poeta caborquense:

Si algo me sucediera, Cleóbulo
–no es improbable: yazgo derribado en la hoguera de un joven-
mis últimas cenizas, te suplico,
embriágalas con vino antes de sepultarlas
y pon sobre la urna esta inscripción:
Ofrenda de Amor a los Infiernos.